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Ridículo

Cuatro derrotas consecutivas, cero goles a favor en los últimos cuatro partidos y un equipo que ha perdido el rumbo. El Córdoba asaltó Butarque, agravó la crisis del Leganés y dejó una pregunta que ya no admite evasivas: ¿hasta dónde tiene que caer este club para que alguien reaccione?

Hay derrotas que duelen. Otras que preocupan. Y después está lo del CD Leganés, un equipo que ha conseguido convertir un inicio de temporada ilusionante en una sucesión de golpes, dudas y decisiones que exigen una explicación. La derrota ante el Córdoba no fue un accidente aislado ni una de esas noches en las que el balón se empeña en no entrar. Fue otro capítulo de una caída que lleva semanas anunciándose y que, a estas alturas, ya no puede esconderse detrás de la mala suerte.

El 0-1 de Eder García en el minuto 83 terminó de desnudar a un Leganés incapaz de imponerse en su propio estadio. El Córdoba encontró el premio a su insistencia, mientras los pepineros volvieron a marcharse sin marcar. Cuatro derrotas consecutivas. Cuatro partidos sin ver portería. Diez goles encajados en esa racha. Los números son demoledores, pero las sensaciones no invitan precisamente al optimismo.

Lo preocupante no es solamente perder. Es la manera de hacerlo, la incapacidad para reaccionar y la sensación de que nadie encuentra una solución.

Un equipo sin respuestas

El Leganés comenzó la temporada ofreciendo argumentos para creer. Hubo momentos de buen fútbol, una identidad reconocible y resultados que invitaban a pensar que Rubén Albés podía construir algo interesante en Butarque. Hoy, aquella versión parece pertenecer a otro equipo.

La circulación de balón ha perdido fluidez, la profundidad escasea y el ataque se ha convertido en un problema que ya no puede considerarse puntual. El equipo tiene dificultades para generar peligro, le cuesta encontrar ventajas y, cuando necesita dar un paso adelante, termina chocando contra sus propias limitaciones.

Ante el Córdoba, el Leganés volvió a mostrar una preocupante falta de recursos ofensivos. No basta con acumular jugadores en campo contrario ni con esperar que una acción individual resuelva lo que el colectivo no consigue construir. Hace falta una idea que funcione, mecanismos que permitan progresar y futbolistas que sepan interpretar los momentos del partido.

Y, sobre todo, hace falta una reacción que no se quede en las declaraciones posteriores al encuentro.

Rubén Albés, culpable

El entrenador no puede quedar al margen. Sería injusto responsabilizarle de absolutamente todo lo que sucede en el club, pero también sería absurdo pretender que su figura no está en el centro del debate.

Albés ha reconocido públicamente que es el máximo responsable deportivo, aunque no el único. Esa declaración es importante, pero ahora toca convertir las palabras en decisiones. El equipo lleva cuatro jornadas perdiendo y no ha marcado un solo gol en ninguna de ellas. La pregunta ya no es si existe una crisis, sino qué está haciendo el cuerpo técnico para detenerla.

Los cambios en el once ante el Córdoba reflejaron la búsqueda de soluciones. Sin embargo, modificar nombres no garantiza modificar comportamientos. Si el equipo continúa sin encontrar profundidad, si no consigue generar ocasiones con regularidad y si sus rivales terminan sintiéndose cada vez más cómodos, el problema va mucho más allá de elegir entre un futbolista u otro.

También preocupa la gestión de los cambios durante los encuentros, la capacidad para alterar el guion cuando el plan inicial no funciona y la ausencia de una respuesta contundente cuando el equipo se atasca. La pizarra debe servir para corregir, no para insistir indefinidamente en una fórmula que ha dejado de dar resultados.

El debate sobre su continuidad es inevitable. El Leganés no puede vivir instalado en la espera mientras la clasificación y la confianza se deterioran. Si el club considera que Albés es el hombre adecuado, debe explicar qué camino seguirá para recuperar al equipo. Si ha dejado de confiar en él, prolongar la incertidumbre tampoco resolverá nada.

Lo que no parece sostenible es seguir exactamente igual esperando un resultado diferente.

Los jugadores también deben dar la cara

El entrenador puede diseñar el plan, pero son los futbolistas quienes tienen que ejecutarlo. Y la plantilla tampoco puede esconderse detrás de la pizarra.

Hay errores técnicos, decisiones precipitadas, pérdidas evitables y una alarmante dificultad para transformar la posesión en ocasiones claras. Falta precisión en los últimos metros, falta contundencia cuando toca defender y falta esa personalidad competitiva que se exige a un equipo que aspira a ocupar una posición más ambiciosa en la categoría.

No se trata de señalar a un futbolista como culpable de todos los males. Se trata de exigir una respuesta colectiva. Cada jugador debe preguntarse qué está aportando, qué puede mejorar y por qué el equipo no consigue trasladar al césped el potencial que se le presupone.

El caso de Álvaro Morata añade otro foco de tensión. El delantero comenzó el encuentro en el banquillo, ingresó en la segunda mitad y terminó expulsado por doble amarilla en el tiempo añadido. Su situación concentra parte de la atención, pero reducir la crisis del Leganés a un solo nombre sería un error. El problema es mucho más amplio y afecta al funcionamiento general del equipo.

Nadie exige partidos perfectos. Sí se exige compromiso, concentración, capacidad de sufrimiento y una reacción que esté a la altura de la camiseta que se defiende. Cuando los resultados se encadenan de esta manera, todos los integrantes de la plantilla deben asumir su parte de responsabilidad.

La dirección deportiva tampoco puede mirar hacia otro lado

Las crisis deportivas no nacen siempre en el banquillo ni terminan necesariamente con la destitución de un entrenador. También obligan a examinar la planificación, la construcción de la plantilla y las decisiones tomadas antes de que el balón eche a rodar.

Si el proyecto pierde su identidad en cuanto llegan las primeras dificultades, hay que preguntarse si cuenta con los recursos necesarios para sostener la idea de juego. Si las alternativas desde el banquillo no cambian los partidos, hay que revisar qué soluciones tiene realmente el equipo. Y si el rendimiento colectivo se desploma durante varias jornadas, alguien debe analizar por qué está sucediendo.

La dirección deportiva tiene la obligación de evaluar el momento con rigor, asumir las decisiones que le correspondan y explicar qué pretende hacer para revertir la situación. No basta con confiar en que una victoria tape las grietas. Tampoco sirve convertir cada derrota en una crisis aislada para empezar de cero la semana siguiente.

El Leganés necesita un diagnóstico, un plan y responsabilidades claras. No una cadena interminable de parches.

Butarque merece algo más

La afición volvió a acudir al estadio con la esperanza de que el equipo encontrara una salida a su mala dinámica. Se encontró, una vez más, con una derrota. El gol de Eder García en el minuto 83 fue el golpe definitivo de una noche en la que el Leganés no supo convertir la necesidad en fútbol ni la urgencia en ocasiones.

El problema es que la paciencia no es infinita. La gente puede aceptar que un rival sea superior, que una temporada tenga dificultades o que un proyecto necesite tiempo. Lo que cuesta aceptar es la repetición de los mismos errores sin señales convincentes de mejora.

Butarque no exige milagros. Exige un equipo que compita, que tenga una idea reconocible y que sepa reaccionar cuando las cosas salen mal. Exige que los futbolistas se dejen todo, que el entrenador encuentre soluciones y que quienes dirigen el club no confundan la calma con la pasividad.

La afición no puede ser siempre la última que mantiene viva la ilusión mientras el equipo la va apagando sobre el césped.

¿Y ahora qué?

El Leganés se queda con once puntos después de diez jornadas y afronta una semana en la que el futuro del proyecto ha pasado a ocupar el centro de la conversación. El club ya ha activado la búsqueda de un posible sustituto para Albés tras la derrota ante el Córdoba. La continuidad del técnico está, por tanto, seriamente cuestionada.

Pero cambiar de entrenador no puede convertirse en la respuesta automática a cada crisis. Si llega un relevo, deberá hacerlo con una idea clara, capacidad para recuperar al vestuario y un plan que vaya más allá de conseguir una victoria inmediata. Y quienes tomen esa decisión tendrán que asumir también la responsabilidad sobre el proyecto que han construido.

Porque el Leganés no necesita únicamente ganar el próximo partido. Necesita recuperar una identidad, volver a generar confianza y demostrar que existe una dirección detrás de todo esto.

La derrota ante el Córdoba ha dejado al equipo contra las cuerdas. El margen de error se reduce, la confianza se deteriora y el calendario no espera a nadie. Todavía queda temporada, pero esa circunstancia no puede utilizarse como excusa para aplazar decisiones que ya son urgentes.

Ridículo es una palabra dura. Pero más duro es comprobar cómo un equipo que invitaba a soñar se ha instalado en una dinámica que amenaza con devorarlo.

El Leganés está a tiempo de reaccionar. Para ello, primero debe reconocer la magnitud del problema. Después, actuar. Y, finalmente, demostrar sobre el césped que todavía merece la confianza de su gente.

Porque el escudo no gana partidos por sí solo. Pero quienes lo llevan y quienes toman decisiones en su nombre tienen la obligación de estar a la altura.

Cuatro derrotas. Cero goles. Demasiadas preguntas y muy pocas respuestas. El Leganés necesita algo más que explicaciones: necesita una reacción inmediata.

Por Alberto Fernández

juanxitooo@hotmail.com
SOBRE EL AUTOR

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Redactor de Partido A Partido.

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