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Kvaratskhelia camino al Calvario

Pidió a Dios salir ileso de cada partido. Ante el Barcelona, el fútbol le puso por delante una cruz que no esperaba cargar

GETTY IMAGES

I. Jerusalén: el golpe

El fútbol también tiene sus viernes de pasión. No siempre llegan después de una derrota, ni necesitan un estadio en silencio para anunciar una tragedia. A veces, el dolor irrumpe en mitad de la fiesta, cuando todo parece caminar hacia la gloria y nadie sospecha que, en cuestión de segundos, la alegría puede convertirse en desolación.

El Parque de los Príncipes había sido testigo de una gran noche europea. El Paris Saint-Germain había derrotado al Barcelona por 4-2 en la Champions League, pero la victoria terminó acompañada de una noticia capaz de apagar cualquier celebración. Khvicha Kvaratskhelia, uno de los futbolistas más determinantes del conjunto parisino, abandonaba el terreno de juego sin poder apoyar la pierna derecha. Horas después, el diagnóstico confirmó los peores temores: rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha. El georgiano tendrá que pasar por quirófano y afrontar una recuperación que amenaza con apartarlo de los terrenos de juego durante el resto de la temporada.

El fútbol, tan acostumbrado a coronar héroes, acababa de recordarle a uno de los suyos que también puede arrebatarle todo de golpe.

Hay una imagen que atraviesa los siglos: un hombre que avanza hacia una colina cargando con una cruz, rodeado de miradas que no pueden aliviar su sufrimiento. El camino de Jesucristo hacia el Calvario se convirtió en uno de los símbolos más universales del dolor y el sacrificio. No hace falta equiparar destinos para reconocer la fuerza de esa imagen: hay caminos que nadie elegiría recorrer y pruebas para las que ninguna preparación parece suficiente.

Kvaratskhelia acababa de descubrir el suyo.

II. La cruz: el sacrificio

En el fútbol profesional, los jugadores viven pendientes del siguiente partido. Entrenan, descansan, cuidan cada detalle y aprenden a convivir con el miedo a una lesión que puede detenerlo todo. Sin embargo, hay golpes que ni la disciplina ni el talento consiguen anticipar.

El georgiano había llegado al encuentro ante el Barcelona preparado para competir. Su objetivo era el mismo de siempre: desbordar, desequilibrar, marcar diferencias. Pero el partido terminó convirtiéndose en el principio de una batalla muy distinta, una que no se resolverá con regates ni goles.

Después de conocer el alcance de la lesión, Kvaratskhelia compartió unas palabras que fueron más allá del parte médico. Antes de cada partido, explicó, pedía a Dios poder abandonar el campo sano. Esta vez, aquella petición no tuvo el desenlace que esperaba.

«¿Por qué yo?», se preguntó.

En esa pregunta cabe mucho más que la frustración de un futbolista lesionado. Está la incredulidad de quien siente que ha hecho todo lo que estaba en su mano y, aun así, se encuentra ante una situación que no puede controlar. Está la impotencia de haber preparado el cuerpo para competir y descubrir que, de pronto, tendrá que prepararlo para resistir.

La cruz de Kvaratskhelia no es de madera. Es una rodilla que necesita recuperarse, un calendario que deja de tener sentido y una temporada que se aleja mientras sus compañeros siguen jugando. Es también la incertidumbre de no saber cuándo volverá a sentirse libre sobre el césped, cuándo podrá arrancar sin miedo o golpear el balón sin pensar en lo ocurrido.

Y es que las lesiones graves no solo detienen las piernas. También obligan a la cabeza a recorrer un camino que el cuerpo todavía no puede seguir.

III. Las tres caídas

En las representaciones tradicionales del camino al Calvario, las caídas de Cristo simbolizan el peso del sufrimiento. En la recuperación de un futbolista no hay una secuencia idéntica ni un guion escrito, pero sí existen momentos en los que avanzar parece más difícil que retroceder.

La primera caída puede ser la del diagnóstico. Ese instante en el que las sospechas dejan paso a una realidad que nadie quería escuchar. El ligamento está roto. Habrá una intervención quirúrgica. La vuelta no será inmediata. Y todo aquello que hace unas horas parecía cercano —el próximo partido, el siguiente entrenamiento, la posibilidad de volver a marcar— queda suspendido en un horizonte incierto.

Después llega la caída de la rutina.

El futbolista que vivía entre viajes, concentraciones, entrenamientos y noches europeas tendrá que aprender a medir sus progresos de otra manera. Al principio, el éxito quizá no consista en superar a un lateral, sino en completar un ejercicio de rehabilitación. No se tratará de celebrar una victoria ante miles de personas, sino de reconocer avances pequeños que casi nadie verá.

La tercera caída es la más silenciosa: la impaciencia.

Porque el tiempo de una lesión no entiende de urgencias deportivas. El calendario seguirá avanzando. El PSG tendrá nuevos partidos, nuevos rivales y nuevos objetivos. Mientras tanto, Kvaratskhelia deberá aceptar que su regreso no dependerá de las ganas que tenga de volver, sino de que su cuerpo esté preparado para hacerlo.

No sabemos cómo vivirá cada una de esas etapas. Tampoco sería justo convertir su recuperación en una historia de sufrimiento permanente. Pero sí podemos anticipar algo: volver a competir exigirá una fortaleza distinta de la que demuestra un extremo cuando encara a su marcador.

Esta vez no bastará con superar al rival. Tendrá que aprender a convivir con el tiempo.

IV. El silencio de Dios

Hay una contradicción en el centro de esta historia que explica por qué las palabras de Kvaratskhelia han llegado más allá del fútbol.

Antes de cada partido, rezaba para salir sano del campo. Y, sin embargo, la lesión llegó.

¿Qué sucede cuando aquello que pedimos con sinceridad no ocurre? ¿Cómo se acepta una realidad que contradice nuestras esperanzas? ¿Dónde encuentra refugio quien, acostumbrado a confiar en su preparación, descubre que no puede controlarlo todo?

Kvaratskhelia no ha escondido esas preguntas. Ha expresado su desconcierto y, al mismo tiempo, ha tratado de encontrar un sentido a lo sucedido. En su mensaje llegó a plantear que, si su lesión había servido para proteger a otros futbolistas, estaba dispuesto a afrontar los meses de trabajo, dolor y lágrimas que le esperaban.

No corresponde a nadie dictar una explicación divina para una lesión. El dolor de una persona no necesita una justificación trascendente para ser real, ni una tragedia deportiva demuestra que exista un propósito detrás de ella. Lo importante es que Kvaratskhelia está intentando construir una respuesta propia ante algo que no eligió.

Quizá ahí resida el verdadero significado de su camino al Calvario: no en pensar que el sufrimiento era necesario, sino en decidir qué hacer una vez que el sufrimiento ha llegado.

La fe, para quien la siente, no siempre consiste en comprender lo que sucede. A veces consiste en encontrar fuerzas para atravesarlo. Y aceptar el golpe no significa dejar de preguntarse por qué. Significa, quizá, aprender a seguir adelante incluso cuando la respuesta no aparece.

En el césped, Kvaratskhelia había acostumbrado a los aficionados a resolver problemas con el balón. Ahora se enfrenta a uno que no puede solucionar con un regate, una asistencia o un disparo a la escuadra.

Por primera vez en mucho tiempo, tendrá que aprender a esperar.

V. El Calvario no es el final

Toda historia necesita un desenlace, pero esta todavía no lo tiene.

Sabemos que Kvaratskhelia afronta una lesión grave y una recuperación exigente. Sabemos que el PSG pierde a uno de sus futbolistas más importantes en un momento crucial de la temporada. Lo que todavía no sabemos es cómo será el regreso, cuánto habrá cambiado el jugador durante la ausencia ni qué sentirá cuando vuelva a pisar el césped para disputar un partido oficial.

El fútbol, sin embargo, está lleno de regresos. De jugadores que tuvieron que reconstruirse lejos de los focos, de carreras interrumpidas por una rodilla, un tobillo o un músculo que dejó de responder. Ninguna de esas historias garantiza un final feliz para la siguiente, pero todas recuerdan que una lesión no tiene por qué definir para siempre a quien la sufre.

Kvaratskhelia ya ha anunciado cuál es su intención: regresar más fuerte y no desperdiciar ni un segundo del proceso. Es una promesa, no una garantía. Porque la voluntad puede acompañar a la recuperación, pero no sustituirla. Y porque la verdadera fortaleza no consiste en fingir que nada duele, sino en trabajar incluso cuando el avance parece mínimo.

Tal vez dentro de unos meses volvamos a verlo arrancar por la banda, levantar la cabeza y encarar a un defensor como si el espacio se hubiera abierto exclusivamente para él. Quizá entonces recordemos aquella noche ante el Barcelona no solo como el día en que una lesión detuvo su temporada, sino como el comienzo de una historia cuyo final todavía estaba por escribirse.

Hasta entonces, el georgiano tendrá que recorrer su propio camino. Sin el ruido de los estadios, sin la recompensa inmediata de una victoria y sin la certeza de saber cuándo terminará la espera.

El Calvario, en la tradición cristiana, no es una imagen de comodidad ni de triunfo inmediato. Es el lugar al que conduce un camino de sufrimiento. Pero esta historia no necesita anunciar una resurrección anticipada ni prometer que todo acabará bien. Le basta con dejar abierta la posibilidad del regreso.

Porque Kvaratskhelia no necesita que nadie lo convierta en mártir. Necesita tiempo, trabajo, paciencia y la oportunidad de volver a ser futbolista.

París ya ha celebrado sus goles. Ahora le tocará acompañarlo en el silencio.

Y cuando vuelva, si ese día llega como todos esperan, no habrá hecho falta ningún milagro para explicar su regreso. Habrá detrás una operación, miles de ejercicios, días difíciles y una voluntad sostenida cuando las cámaras ya no estaban mirando.

El camino acaba de empezar. El final, todavía, pertenece al futuro.

Alberto Fernández

Alberto Fernández

Cubro la actualidad del Club Deportivo Leganés y sigo de cerca el fútbol nacional e internacional, con especial interés en el mercado de fichajes.

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SOBRE EL AUTOR

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