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El indomable Ousmane Dembélé

¿Has sentido alguna vez que el mundo te tiene algo destinado? ¿Que estás aquí por algo superior a tu entendimiento? Si la respuesta es sí, la historia que te voy a contar quizá te resulte familiar.

Todos los genios tienen algo en común: basta con frotar un poco la lámpara para que surja algo extraordinario. Sin embargo, ¿qué sucede cuando el genio no sabe aprovechar todo el poder que tiene entre las manos? A veces, todo reside en la confianza que uno tiene en sí mismo, pero otras veces se necesita un referente que te guíe en el camino, como lo fue Sean Maguire para el travieso Will Hunting o Luis Enrique para el indomable Ousmane Dembélé. Pero, antes de nada, necesitamos conocer un poco mejor a Ousmane para entender el porqué de su personalidad.

El 15 de mayo de 1997, un niño nació en la comuna de Vernon, situada al norte de Francia. Una familia con raíces africanas traía al mundo al pequeño Ousmane Dembélé, sin saber el talento que estaba a punto de descubrir.

La historia de amor entre el balón y Ousmane comenzó en las calles de Évreux, un lugar donde, para un chico francés, cualquier banco podía ser un defensa y cualquier pared, una portería. Como toda gran carrera, la suya comenzó con esfuerzo, trabajo y disciplina. Sus amigos de la infancia, Moustapha Diatta y Younès Ibrahim, contaban que Ousmane no paraba nunca: lloviera o hiciera sol, él seguía dando pases contra la pared con ambas piernas, regateando árboles y sorteando cualquier obstáculo que encontrara en su camino.

Foto: L’Équipe.

Aquel talento no podía tardar mucho en desarrollarse dentro de un equipo de fútbol. En 2004, Dembélé ingresó en su primer club, el ALM Évreux, del distrito de La Madeleine. Los entrenadores que tuvieron la suerte de coincidir con él se asombraban de su facilidad técnica con ambas piernas, una capacidad que le permitía sobresalir incluso ante jugadores de categorías superiores y que terminó de desarrollar durante su última etapa en el club, cuando comenzó a practicar fútbol sala.

La historia de Ousmane y el Stade Rennais comenzó cuando tenía once años, aunque el ojeador del club, Armand Djiré, ya le seguía la pista desde años atrás. En 2010, Dembélé se incorporó a los Rouge et Noir y su familia se trasladó con él a Bretaña para que pudiera continuar su formación. Su paso por la cantera llamó la atención de la selección francesa y, en septiembre de 2013, fue convocado con la sub-17. En los Europeos sub-17 de 2014 y 2015 anotó dos goles en tres partidos en cada competición, consolidándose como una de las grandes promesas del fútbol francés.

Tras cinco años de formación, llegó su irrupción en el primer equipo. El 6 de noviembre de 2015, el niño que regateaba árboles y bancos debutó con el Stade Rennais ante el Angers. Después de una temporada para el recuerdo, en la que registró doce goles y cinco asistencias e incluso firmó un hat-trick en apenas 45 minutos ante el Nantes, Dembélé comenzó a llamar la atención de los grandes clubes europeos.

Pero, como ocurre en todas las historias, la del niño de Vernon y el conjunto rennais llegó a su fin. El 12 de mayo de 2016, el Borussia Dortmund se hizo con los servicios del futbolista francés por unos quince millones de euros más variables. En Alemania, Dembélé alcanzó los dobles dígitos en goles, con diez tantos y veintiuna asistencias, y conquistó la DFB-Pokal. También perfeccionó aquel desborde que lo hacía tan especial con ambas piernas. Su evolución fue tal que el entrenador Peter Bosz llegó a afirmar que su regate era tan excepcional que resultaba imposible averiguar cuál era su pierna buena.

Durante aquella etapa, la cabeza de Dembélé parecía estar bien amueblada gracias a la ayuda constante de Aubameyang, quien veía el potencial de Ousmane y sentía la necesidad de cuidarlo. Todo parecía ir por buen camino, hasta que llegó la pretemporada de 2017.

El FC Barcelona acababa de vender a Neymar al Paris Saint-Germain por 222 millones de euros y los rumores sobre el interés azulgrana en el joven extremo del Borussia Dortmund comenzaron a intensificarse. Las negociaciones arrancaron con una oferta inicial de cien millones, pero a los alemanes no les interesaba dejar marchar a su dorsal número siete por una cantidad tan baja. Entonces ocurrió lo que nadie esperaba: Ousmane Dembélé, como medida de presión para forzar su fichaje, se ausentó de los entrenamientos sin permiso. El club alemán tomó medidas y sancionó al jugador.

Finalmente, Dembélé fichó por el Barcelona a cambio de unos 105 millones de euros más otros cuarenta en variables, con la misión de llenar el vacío que había dejado Neymar. La presión era tremenda incluso antes de vestir la camiseta azulgrana.

La presentación de Dembélé dejó momentos graciosos, como el origen de su apodo, «el mosquito», que le puso su compañero Umtiti porque le recordaba al insecto por su rapidez y capacidad de desborde. Sin embargo, aquel acto también dejó entrever, a través de sus famosos toques con el balón durante la bienvenida, cómo podía ser la etapa del francés en el conjunto catalán y la presión a la que iba a verse sometido.

¿Y si no encajo? ¿Y si, a lo mejor, no soy tan bueno? ¿De verdad valgo 145 millones? Es fácil imaginar las preguntas que podían rondar la cabeza de un futbolista de apenas veinte años ante semejante desafío. El problema no consistía únicamente en llenar el hueco que había dejado Neymar, sino también en responder de inmediato a las exigencias de una afición que esperaba un rendimiento acorde con semejante inversión.

Sus temporadas en el Barça estuvieron marcadas por la irregularidad, las lesiones y la falta de continuidad. Su talento era innegable; otra cosa era conseguir explotar todo aquel potencial que tantos veían en él. Durante su etapa azulgrana coincidió con varios entrenadores. Su comienzo con Valverde fue prometedor, pero las lesiones y la irregularidad terminaron pasándole factura.

En medio de aquella presión, Ousmane fue convocado con la selección francesa para el Mundial de Rusia de 2018. A pesar de no contar con demasiados minutos, formó parte del equipo que terminó proclamándose campeón del mundo. Con tan solo 21 años, Dembélé se convirtió en uno de los integrantes de la mejor selección del planeta aquel año. Sin embargo, su papel fue secundario: disputó cuatro encuentros y acumuló 165 minutos, sin marcar ningún gol ni repartir asistencias.

Durante la etapa de Koeman también tuvo buenos momentos, pero fue con uno de sus referentes, Xavi Hernández, con quien volvió a destacar. El técnico español entendió que a Dembélé no había que enseñarle a jugar, sino guiarlo para que aquel futbolista capaz de levantarte de la silla tuviera la confianza y la continuidad necesarias para aspirar al Balón de Oro.

Cuando parecía que todo estaba ya en su sitio, la cabeza volvió a hacer de las suyas, aunque esta vez la historia terminó de otra manera. En agosto de 2023, después de una sonada renovación, Ousmane Dembélé fichó por el PSG. Xavi Hernández reconoció en rueda de prensa que se sentía traicionado y que veía en él el potencial de un futuro Balón de Oro.

Me temo que el entrenador culé no se equivocaba. Aun así, el mosquito no lo tendría fácil en el conjunto parisino, donde debía convertirse en una de las grandes referencias ofensivas tras las salidas de Messi y Neymar.

Si preguntáramos a Will Hunting quién fue su referente, seguramente respondería que Sean Maguire. Pues algo parecido debe de representar Luis Enrique para Ousmane: alguien que no necesita enseñarle a ser un genio, sino ayudarle a descubrir cómo aprovecharlo.

Su primera temporada en el PSG estuvo marcada por la adaptación a un sistema que potenciaba las características de los futbolistas especiales, precisamente el tipo de jugador que era el francés y que Luis Enrique quería ayudarle a descubrir. Pero algo cambió después de aquella primera campaña: Dembélé dejó de ser el mismo.

En el verano de 2024, el PSG perdió a su principal estrella. Kylian Mbappé abandonó París para marcharse al equipo con el que siempre había soñado jugar: el Real Madrid. Luis Enrique tenía un dilema. Sin un delantero del calibre de Mbappé, necesitaba reinventar el ataque. Ya había probado a Ousmane en posiciones más centradas durante la temporada anterior, en encuentros contra equipos como el Marsella o la Real Sociedad, y por eso decidió darle una nueva oportunidad.

El talento del jugador de Vernon con ambas piernas le proporcionaba recursos extraordinarios para desempeñarse como falso nueve, una posición desde la que podía aparecer constantemente en el área. Pero el técnico español no buscaba únicamente su capacidad con el balón: quería que Ousmane se convirtiera en un auténtico perro de presa, capaz de acosar sin descanso a los defensas rivales.

A lo largo de la temporada 2024/25, la movilidad y la presión de Dembélé, Kvaratskhelia y Doué ayudaron al equipo a superar eliminatorias de la Champions League ante rivales de la talla del Liverpool y el Arsenal. El PSG alcanzó la final y la posibilidad de conquistar su primera Copa de Europa se convirtió en realidad. El desenlace fue histórico: una contundente victoria por 5-0 ante el Inter, con dos asistencias de Dembélé, permitió al conjunto parisino levantar por primera vez el trofeo.

La idea del Balón de Oro ya no era una ilusión. Sus actuaciones en los grandes partidos y sus cifras de 35 goles y 16 asistencias avalaban la candidatura del francés. El niño que no paraba de dar pases contra la pared, lloviera o hiciera sol, lo había conseguido: Ousmane Dembélé se había convertido en uno de los grandes favoritos para conquistar el Balón de Oro de 2025.

Tras una gala en la que resonó el famoso cántico «Ousmane Ballon d’Or, et Ousmane Ballon d’Or», Ronaldinho le entregó el premio a aquel niño que, por fin, parecía haber encontrado a alguien que le ayudara a descubrir el camino. El indomable Dembélé había comprendido que el talento marca la diferencia, pero que el trabajo y la confianza son los que permiten sacarle partido.

Foto: Reuters / Benoit Tessier.

Sin embargo, encontrar tu sitio no significa que el camino haya llegado a su fin. Después de lograrlo todo, el mosquito tuvo que enfrentarse a un desafío distinto: demostrar que esa manera de jugar que enamoró al mundo del fútbol no era flor de una temporada. A pesar de las lesiones que lo lastraron durante la campaña 2025/26, volvió a aparecer en momentos importantes de la Champions League. Sus actuaciones decisivas en las eliminatorias demostraron que seguía siendo capaz de marcar diferencias cuando más importaba.

Quizá Luis Enrique no convirtió a Dembélé en un genio, sino que le ayudó a comprender el talento que siempre había tenido. Al final, quizá el destino no consista en descubrir quién estás llamado a ser, sino en encontrar a alguien que te ayude a descubrirlo por ti mismo.

Por Manuel Estébanez Bernáldez

juanxitooo@hotmail.com
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Redactor de Partido A Partido.

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